En los últimos días, Aminetu Haidar, una valiente activista saharaui, ocupa la atención nacional. Expulsada de Marruecos en una de las habituales operaciones de este régimen, España la acoge en su debilidad, de tal modo que ella, para reivindicar su deseo firme de regresar a su tierra, inicia una huelga de hambre que hoy cuenta su día 23 y despacio se acerca a un fatal desenlace del que se desencadenarán múltiples y negativas consecuencias.
En primer lugar, España es débil. No lo es su preparada tropa diplomática, pero sí su Gobierno. El primer error fue aceptar la patata caliente por parte de Marruecos. El segundo, consentir, desde hace ya muchas décadas, la violación sistemática de los derechos humanos por parte de Marruecos mientras se siguen manteniendo relaciones “muy positivas”.
La hipocresía de España y de la Unión Europea sale a relucir en este caso una vez más. El discurso español, y por ende el europeo, son constantemente críticos con la política exterior norteamericana y se jactan del buenismo europeo de cara al tercer mundo. Mentira: Europa sobrevive gracias a secundar la política exterior estadounidense, pero lo peor es que lo hace desde la más vil hipocresía, manteniendo relaciones con regímenes autoritarios y contrarios a la Carta de Naciones Unidas de 1948, como Marruecos o Turquía, porque son aliados clave de EEUU, al que le interesa mantener estos focos bajo el control de pequeños tiranos para que no surgan nuevas revoluciones iraníes.
El caso Haidar muestra nuevamente las contradicciones entre un discurso pro Derechos Humanos y el pragmatismo despiadado en la política exterior. No digo que uno tenga que ir con los Derechos Humanos por delante, aunque sería lo deseable, sino que uno tenga un discurso y una política consecuente. Y es que ahora España se ha bajado los pantalones ante un contubernio de taifas, cuando lo que debería hacer sería ser dura y marcar posiciones firmes frente a Marruecos, indudablemente con el apoyo norteamericano, que pinta mucho en esto, y el francés, por supuesto.

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