Cuán grande fue la sorpresa ayer de todos los ciudadanos del mundo cuando caía el Nobel de la Paz sobre el hombre más poderoso del mundo. Asombroso es poco. Me encanta Obama, me cae genial, y me alegro por él; pero cada vez entiendo más el modo de funcionar del comité de los Nobel: es un premio político, mediático y partidista, cada vez más alejado de de galardonar una ciencia o una actitud (el Nobel de Literatura es cada vez más aliterario, por ejemplo) ¿Qué ha hecho Obama? Ser el primer presidente negro de los Estados Unidos, y comunicar de una manera envidiable; ser capaz de competir con las estrellas de Hollywood.
También es cierto que su labor diplomática ha tratado de tender lazos entre civilizaciones con su famoso discurso de El Cairo, aquel discurso berlinés que a todos nos recordó a Kennedy del I’m a berliner!, el apretón de manos entre Israel y Palestina… pero, ¿algo pragmático, real, que me permita decir que este hombre merece el Nobel de la Paz? Nada, porque sólo lleva como presidente ocho meses y medio, porque no ha tenido tiempo para trabajar por la paz, porque las tropas yanquis siguen en Irak, porque el día antes del Nobel anunció el refuerzo de la actividad militar en Pakistán y Afganistán, y por mil razones más que hacen que Barack Obama no sea merecedor de este premio, al igual que no lo fue Kissinger ni Arafat, ni muchos otros personajes que si algo hicieron fue promover la guerra.
Es más, pienso que cada vez más deberíamos borrar el Nobel del espectro mediático, porque, ¿quiénes son ellos para decidir quién hace las cosas bien o las cosas mal? Cada vez se demuestra más la arbitrariedad de sus criterios ante un acontecimiento de gran influencia mundial. No digo que Mr.President no sea un buenazo que sólo piensa en la paz, pero antes que él, miles de personas en todo el mundo lo merecen mucho más, como por ejemplo yo (suena a risa, ¿verdad?).
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