El discurso de Barack Hussein en el Cairo

La macabra portada de 'The New Yorker' no puede ser más oportuna

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Hace pocos días, Barack Hussein Obama volvió a dar un ejemplo de su mágica oratoria ante un auditorio nada fácil, en la Universidad de el Cairo. En este discurso el líder del mundo, el icono absoluto de la cultura actual hizo un discurso que provocó el afloramiento de las emociones de los presentes. Emocionalmente fue un diez, en la más pura línea de Martin Luther King. Recurrió a los más nobles sentimientos, a las palabras más mágicas, a la tolerancia, a la libertad, la unidad y fraternidad… sólo que la realidad, si bien muchas veces se puede obviar y las palabras la aligeran o modifican, se impone duramente como la que es.

Como diría Arcadi Espada, el discurso fue el de un pastor, amigo eterno del Islam y de la “alianza de civilizaciones”, en un tono religioso que se pasó de utópico, cuando todos sabemos que este mundo es un cenagal muy difícil de limpiar. Apenas habló del Islam que cantó de gozo con la caída de las torres de Nueva York, ni de que su padre abandonó con repugnancia la fe del profeta, ni que EEUU sigue siendo el principal proveedor de armas para que continúe la crisis humanitaria de Gaza que tanto le duele, ni que en Afganistán y en Irak los soldados del imperio y sus aviones siguen provocando la  muerte y el odio, ni que la Inquisición jamás convivió con el califato Omeya de Al Andalus, y que dicho califato persiguió a la sabiduría de Averroes hasta el exilio, por ejemplo. Le hubiera sido mucho más sencillo citar el Toledo de las escuelas de traducción o la Constantinopla tardía, como diría José Jiménez Lozano.

Pero, en fin, dejando de lado los anacronismos y errores propios de un líder de su altura, también dijo que su deseo es que nadie tuviera la bomba. Esto fue lo que más gracia me hizo, ya que la bomba la creó EEUU, la seguirá teniendo EEUU y no dejará que nadie más la tenga, tal como prescribe la doctrina del destino manifiesto por la que este gran país se guía desde tiempos de antaño, por la cual creen que ellos siempre  tienen la razón, y de ahí las desastrosas consecuencias de su política exterior.

No quiero ser un antimito ni un cabrón que respalde las tesis de Hungtinton en el “choque de civilizaciones”, sólo que no se puede ser tan ingenuo ni hipócrita de aplaudir todo lo que el nuevo mesías diga o haga, más cuando los que le aplauden y lloran son Dawkins y los ateos que ven en la religión el mal del mundo y el problema del Islam, ¿dónde están sus críticas? La voluntad de cambio es buena, pero sólo se queda en voluntad. Merece el respaldo del mundo para llevar un “nuevo liderazgo”, sin embargo nunca podemos dejar de ser críticos, ni siquiera con la apariencia de bien, porque hasta que no se demuestre lo contrario es pura apariencia, pura retórica, puro púlpito y adecuación a su auditorio; genial, por cierto.

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"No es suficiente con decir la verdad, sino que es conveniente hallar la causa de la falsedad." Aristoteles

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